Real Academia de Historia y Arte de San Quirce
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La habitación de Antonio Machado:

"Brilla un balcón de la ciudad: el mío"

 

Esta es la última estancia de la visita, al fondo de la Casa-Museo. Para llegar hasta aquí, el visitante ha atravesado todas las habitaciones del hospedaje. Y parece también que hubiera vivido la vida del propio Machado, con sus galerías y experiencias. Incluso nos hemos adelantado a evocar los sucesos que le acaecerían después de marcharse de Segovia. Es posible que la densidad de la visita nos haya cansado a nosotros también, mínimo cansancio lejanamente evocador de la grave complejidad de la vida machadiana. Estamos al final de su viaje, y tal vez en un momento muy importante del nuestro.

 

Hemos llegado hasta aquí, hasta el tálamo del poeta, acompañado siempre de su soledad. El cordón que nos impide el paso a su cuarto nos incrementa la sensación de estar ante un lugar sagrado, lugar de la creatividad, lugar de los sueños y de la vida profunda. Por eso lo que procedería sería detener el cauce de las palabras y de los pensamientos, y escuchar su voz en sus versos.

 

Fueron Segovia, y este cuarto austero, los lugares donde más años (12) residió el poeta, después de su adolescencia y educación madrileñas. Y por eso hay mucho en él de aire envejecido, de experiencia enriquecida, de historia y de vida. Nuestra mirada se centra inmediatamente en los versos del poeta, eternizados en la cerámica de Daniel Zuloaga, bajo el espejo:

¡Blanca hospedería,

celda de viajero,

con la sombra mía!

 

Los símbolos de la obra poética de Machado saltan a la vida con una naturalidad diáfana, y al revés también. Igual que la vieja maleta, prevista para emprender de nuevo viaje (aunque el último será sin nada, “ligero de equipaje”), el espejo nos recuerda la capacidad de introspección del poeta, pero sobre todo, en el ciclo de Soledades.

 

Del mismo modo que los sueños y las galerías, el espejo representa la búsqueda constante de la propia esencia. Y la sombra de este epigrama, el tipo de composición más común en Nuevas Canciones, el libro segoviano del poeta, encierra varios sentidos: por un lado, la evocación de la propia vida (el recuerdo de su madre, su Leonor, su vocación de poeta…).

 

Por otro, el fondo de su corazón, reconocido irónicamente en su infinita soledad, en su tendencia a lo afectivo eternamente insatisfecha.

 

Los versos breves de Nuevas Canciones vuelven la mirada del poeta hacia lo esencial de la vida, con una expresión y un ritmo muy cercanos a la canción popular. Como si su pureza actuara como un crisol para las verdades que merecen ser escritas en el poema.

 

Con la voz de Abel Martín, uno de sus poetas complementarios, expresará Machado su percepción del amor tardío y crepuscular de Guiomar:

(II)

En un jardín te he soñado,

alto, Guiomar, sobre el río,

jardín de un tiempo cerrado

con verjas de hierro frío. (…)

 

En esta “celda de viajero”, desde la que se oiría en tiempos el Eresma, Machado escribió poemas de amor. También escribió muchas cartas, reseñas críticas, e inició el ciclo de los apócrifos, heterónimos o complementarios. Su preocupación por España y su progreso cultural y político también crece en él, hasta volver a ser otro de los motivos de su escritura, pero ya no desde la exaltación del paisaje o la historia, sino desde la propuesta de una renovación completa, aunque a él le llegara vitalmente tarde.

 

En esta celda sufrió el frío, a pesar del regalo de la estufa de petróleo de su hermano, que una vez explotó sin causar daños; se cuenta que alguna vez tuvo que abrir la ventana en pleno invierno para que la habitación se caldeara.

 

En esta celda emborronó tantos papeles y los arrojó tantas veces a la papelera, que doña Luisa, al cabo del tiempo, echaría de menos el haber cogido algunos de ellos: “Ahora sería rica”. Había realmente aprendido el valor de la literatura de su huésped, su oficio de escribir.

 

Desde estos ventanales, que asoman ahora, a la estatua del también poeta residente en Segovia en el siglo XVI, San Juan de la Cruz (colocada hace unos años), alcanzaría a ver muchas veces las lastras altas de Zamarramala y San Vicente. Y su mirada se perdería sobre los campos verdes de la primavera, o en la noche oscura del alma.

 

Sobre esta camilla austera rasgaría los pliegos de tantos libros recibidos, e inclinaría su frente y sus ojos atentos a la lectura…

 

Como de cualquier persona, tal vez no lleguemos a saberlo todo, ni a conocer completamente el contenido de su corazón, pero en sus versos, prolongación de su bonhomía inteligente, seguimos siempre descubriendo valores auténticos, y la experiencia condensada de la vida.

 

Y como buenos lectores y viajeros, sentiremos, más desde hoy, que su poesía, “palabra en el tiempo”, nos acompañará siempre.

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