«El interés de Merino de Cáceres por la arquitectura histórica se convirtió en pasión»

El Aula de San Quirce acogió, la tarde noche del 19 de diciembre, un entrañable homenaje al arquitecto segoviano José Miguel Merino de Cáceres, académico supernumerario de esta Real Academia de Historia y Arte fallecido el pasado 9 de septiembre a los ochenta y un años. La sesión necrológica, presidida por el director de la Academia, Pablo Zamarrón, contó con las intervenciones de tres compañeros y amigos, José Antonio Ruiz Hernando, Rafael Cantalejo San Frutos y Fernando Vela Cossío.

Ruiz Hernando, académico de mérito de San Quirce, evocó la amistad que le unía con Merino de Cáceres desde finales de los años sesenta y recordó el momento en que el arquitecto ingresó en la Academia, en octubre de 1987. Precisamente, fue el propio José Antonio Ruiz Hernando el encargado de leer el discurso de contestación: «Dedicó su discurso de ingreso a los arquitectos de Segovia. Empezó por Leo o León, que tuvo la feliz idea de firmar su obra en la portada de este templo de San Quirce que nos acoge, y por eso es considerado el arquitecto más antiguo del que se tiene memoria en Segovia, y concluyó con Pagola, al que la ciudad debe muchas cosas».

El académico de mérito enumeró algunas de las restauraciones que Merino de Cáceres realizó en Segovia, entre ellas en la iglesia de San Miguel, en la capilla del Sagrario de la Catedral, en San Frutos del Duratón o en el Monasterio de Santa María del Parral. «Estaba obsesionado con la Vera Cruz, y en 1985 defendió con éxito en París la candidatura de Segovia para convertirse en Ciudad Patrimonio de la Humanidad».

Por su parte, Rafael Cantalejo, académico de número, centró parte de su exposición en la labor que Merino de Cáceres desarrolló en el Alcázar de Segovia, lo que le valió el nombramiento como Maestro Mayor de la fortaleza. «No era un arquitecto al uso. Su interés por la arquitectura histórica se convirtió en pasión. Supo en todo momento buscar el consejo y el apoyo de quienes podían aportar a sus obras un plus de excelencia: primero, de sus valedores, el marqués de Lozoya y Luis Felipe de Peñalosa, refundidos posteriormente en su compañero de docencia en la Escuela de Arquitectura de Madrid, José Antonio Ruiz Hernando, con quien mantuvo en ocasiones discrepancias importantes que, sin duda, mejoraban el resultado».

Sala de la Galera

De todas las intervenciones que Merino de Cáceres hizo en el Alcázar, Cantalejo destacó la de la Sala de la Galera, «a pesar de que allí, junto a algunos patronos, vivió un momento complicado cuando, de visita a la obra, se vino abajo el andamio al que estaban subidos, cayendo desde una considerable altura que, incomprensiblemente, no produjo en ellos lesiones de importancia: habían subido a ver el avance de esta magnífica estructura de madera que recuperaba para la estancia su primitivo aspecto, basándose en los dibujos que José María Avrial realizara antes del gran incendio de 1862».

«Para terminar, como miembro de esta Academia, también quiero expresar la gratitud de todos nosotros por su permanente disposición a colaborar con sus proyectos, por esa intención que aún mantenemos de que tanto la Casa Museo de Antonio Machado como esta propia sede románica alcancen la declaración de Bienes Interés Cultural. A nuestro compañero debemos el seguir intentándolo y que su trabajo generoso a favor de la Academia se vea recompensado con el éxito perseguido», concluyó Cantalejo.