«Hubo una creencia bastante generalizada de que en Castilla no se había cantado, que Castilla había sido fría, un pueblo sin folclore, y no ha sido así. En Castilla se ha cantado mucho». Con estas palabras de Agapito Marazuela, pronunciadas en una entrevista tardía, cerró ayer el profesor Álvaro Piquero Rodríguez su conferencia en la cuarta sesión del XLVII Curso de Historia de Segovia, dedicado a la relación de la provincia con la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE).
Ante un atento público que llenó el Aula de San Quirce, el doctor en Literatura Española y especialista en lírica tradicional desgranó cómo el emblemático músico y recopilador segoviano se integró en uno de los grandes proyectos científicos de la España contemporánea: el Archivo del Romancero de Ramón Menéndez Pidal y María Goyri.
Piquero recordó la infancia de Marazuela en Valverde del Majano. Una meningitis a los siete años le dejó medio ciego, pero agudizó extraordinariamente su oído musical. Desde niño acompañaba a su padre por los pueblos de Castilla, aprendiendo tonadas que más tarde transcribiría. Tras formarse como guitarrista y mudarse a Madrid en los años veinte, Marazuela compaginó giras y conciertos —incluidos dos en el Ateneo de Madrid en 1930 y 1932— con su infatigable labor de recopilación folclórica. En 1932 presentó al primer Concurso Nacional de Música su Cancionero de Castilla la Vieja. Aunque el primer premio quedó desierto, obtuvo el segundo por «la autenticidad y belleza de los cantos y danzas recogidas, por el criterio riguroso de la selección y por la claridad y firmeza de la anotación musical».

Ese mismo año entró en contacto directo con la JAE a través de las Misiones Pedagógicas. Participó en la misión de La Cuesta, en Turégano, junto a Mariano Grau Sanz y Pablo de Andrés Cobos. Allí ofreció un concierto que generó «noches de más desbordante alegría» al conseguir que vecinos de avanzada edad cantaran canciones que creían olvidadas. Gracias a una comisión del Centro de Estudios Históricos (dependiente de la JAE) y probablemente mediada por el musicólogo Eduardo Martínez Torner, Marazuela recorrió Segovia y Ávila para recoger romances y melodías.
Álvaro Piquero, que actualmente dirige la catalogación del Archivo del Romancero, que hoy custodia la Fundación Menéndez Pidal (más de 50.000 documentos, solo catalogados en un 30-40 %), explicó cómo reconstruye la Colección Marazuela 1933. Ha recuperado ya 53 documentos, de los cuales unos 26 textos son completamente inéditos. Muchos coinciden con los que luego aparecerían en el Cancionero segoviano de 1964. «La colección Marazuela de 1933 resulta fundamental para conocer la obra del maestro», afirmó Piquero.
El maestro Agapito mantuvo su vínculo con la JAE. El beneficio de esta relación fue doble, según Piquero: el músico afinó su método gracias al manual de encuestas de María Goyri y obtuvo financiación para enriquecer su acervo; mientras, el Archivo del Romancero ganó un excelente conocedor de la tradición castellana. «Sigamos cantando, sigamos estudiando la tradición, sigamos tocando la dulzaina», invitó el conferenciante. La sesión, coordinada por Mario Pedrazuela, puso de manifiesto cómo la JAE impulsó la renovación científica, pero también permitió conectar a un músico popular con el rigor filológico pidaliano, enriqueciendo mutuamente el patrimonio inmaterial de Castilla.
