El eclipse de 2026 en Segovia: un minuto para la Historia

Desde el enlosado de la Catedral, la Ronda de Don Juan II, la plaza de la Reina Victoria Eugenia y las lomas abiertas al poniente, miles de personas pudimos contemplar, este 12 de agosto, cómo el Sol desaparecía por completo engullido por la Luna en un minuto fugaz –entre las 20:31 y las 20:32– que todos quisimos atrapar para disfrutarlo con intensidad. Exclamamos, aplaudimos y repetimos una y otra vez que había merecido la pena. Nadie –creo– quedó defraudado. «Ha sido increíble», pudo oírse en más de una ocasión cuando el baile de los cuerpos celestes había concluido.

Es difícil describir con palabras las sensaciones que un eclipse de semejante belleza deja en el ánimo. Pero vamos a intentar, al menos, trazar una crónica de ese instante mágico en que Naturaleza e Historia parecieron fundirse sobre el cielo raso de Segovia.

El Sol del ferragosto calienta implacable cuando, a eso de las 19:35 horas, muestra la primera dentellada de la Luna. El Azoguejo hierve con un trasiego desusado, distinto al de cualquier miércoles. Familias portan sillas plegables, grupos de jóvenes llevan gafas negras colgadas del cuello y se oyen distintos idiomas. Un río de expectación contenida fluye hacia la cara oeste de la ciudad en busca del mejor lugar para ver el Sol. Algunos ya se protegen la vista; otros miran de reojo, como si aún no se atrevieran del todo a creer que el fenómeno vaya a alcanzar la totalidad. El ambiente es bueno, casi festivo, pero no bullicioso. En el enlosado de la Catedral se forma una gran cola. El concierto Música para un Eclipse está a punto de comenzar. El Ayuntamiento ha dispuesto ochocientas plazas. El escenario se orienta de tal manera que el público pueda disfrutar de la música y, al mismo tiempo, dirigir la vista hacia el Sol, que va ocultándose poco a poco. El graderío se llena con rapidez.

Muchas personas, también, en el paseo del Salón, que ofrece buenas perspectivas. No son pocos quienes han improvisado pequeños observatorios caseros en el mismísimo adarve de la Ronda de Don Juan II: trípodes, cámaras con filtros, sombrillas y paraguas abiertos para protegerse de los 34ºC que caen del cielo. En cada recodo, en cada saliente de la muralla, hay curiosos apostados. Algunos han traído mantas; otros, sillas de campo. El ambiente es de paciencia y anticipación serena. Delante del Alcázar, en torno al Monumento a Daoiz y Velarde, el espacio está completamente ocupado. Unos sentados en el suelo, otros de pie, niños que corren entre las piernas de los adultos, ancianos que se han asegurado un buen sitio desde hace horas. Otros muchos han elegido los alrededores de la Vera Cruz para vivir tan mágico momento… El Sol se desparrama sobre la fortaleza.

Ya en los Altos de la Piedad, lo que de lejos parecía una compacta multitud se atomiza, de cerca, en grupúsculos dispersos. No hay una aglomeración asfixiante, sino familias, parejas y grupos de amigos estratégicamente situados. El aparcamiento del hospital, lleno de coches. Y muchos espectadores en las lomas que coronan el circuito de motocroos. Cámaras fotográficas dispuestas. Murmullos. Son las 19:56 y la temperatura ha descendido un grado. El Sol, justo enfrente, brilla sobre la vertical de Valverde del Majano. Todos los montículos circundantes tienen público. En la zona donde dos globos aerostáticos se disponen a despegar también hay espectadores sentados, cerca de los pinos, buscando la sombra, con toallas en el suelo, alguna carpa, algún toldo, alguna furgoneta y sillas de campo. La Luna empieza a ganar la batalla. El silencio no es absoluto, pero sí respetuoso. Conversaciones bajas, risas contenidas, el clic ocasional de una cámara… Y el aire, que empieza a cambiar sutilmente.

Sobre las ocho de la tarde, el satélite cubre ya una cuarta parte del astro rey, convertido en un gajo de naranja luminoso que pierde tamaño por segundos. Muta el color de la luz. Ya no es el blanco intenso de la tarde agosteña. Trasiego en la torre de la Catedral. Y en el enlosado, donde la música está a punto de empezar a fusionarse con el fenómeno sidéreo, que cerca de las ocho y media se acerca irremediablemente a la totalidad, al clímax del espectáculo.

En el Pinarillo, arriba, la expectación es absoluta. Lo poquísimo que queda de Sol desprende un color anaranjado que va apoderándose del éter de la ciudad, orgullosa de su perfil. Paisaje amarillento, mágico, espectral. «¡Ya queda poco, ya queda poco!», exclama una chica que presencia el espectáculo con sus amigos. «Mira cómo se está poniendo esto de oscuro», indica un muchacho a su padre. Y así es. La noche cae de manera acelerada, anticipadamente, sobre la vieja Segovia y los atónitos espectadores piden silencio. El reloj marca las ocho y treinta y un minutos, el termómetro desciende dos grados más y los pájaros buscan refugio. A lo lejos, un punto negro en medio de la corona solar y un destello rosáceo junto al disco de la Luna. «Dios, ¿qué es eso?». Hacia el infinito oeste, la mancha violácea de la tierra sobre el fondo de los cielos. «¡Asombroso! ¡Impresionante!». El máximo de oscuridad dura apenas unos instantes, pero dedico dos segundos a pensar en quienes en 1905 vieron lo mismo que yo estoy viendo ahora. Después, el Sol vuelve a asomar y la población va recobrando poco a poco su aspecto. Aplausos. «Ha sido maravilloso, pero qué poquito ha durado», se lamenta una mujer. «Es mucho mejor de lo que creíamos», dice otra.

Ese momento supremo, sorprendente, quedará grabado en la memoria de quienes lo vivimos desde la ciudad monumental, porque Segovia tampoco defraudó al poner el contrapunto histórico y artístico al fenómeno natural. Fue un minuto único en el que miles de miradas contemplamos la belleza austera y poderosa, sublime, de un eclipse total de Sol.

Carlos Álvaro

(*) Fotografía superior: El eclipse, desde Sepúlveda / DIEGO CONTE