Este mes de agosto ha fallecido nuestra madre, Elena Quintanilla García. Persona enérgica e independiente, llevó con entereza los últimos y penosos años de su vida, atada a una silla de ruedas, sin rendirse, hasta que su cuerpo sí lo hizo.
Hija mayor de Mariano Quintanilla Romero y Elena García Fresnedo, fue la única que no nació en Segovia, sino en Valencia, en plena Guerra Civil, aunque la bautizaron en la Catedral de Segovia, a los dos años. A pesar de las dificultades y penurias de la época, pues incluso enfermó de tuberculosis, no tenía malos recuerdos de su niñez y juventud, ni guardó resentimientos, gracias, sin duda, al esfuerzo de su familia. Y aunque se marchó a vivir a Madrid a los veinte años, con su familia, y siguió allí después de casarse con nuestro padre, Juan Morán Martínez-Aedo, se consideraba segoviana de pro. Y a Segovia volvíamos todos los veranos, mientras pudo hacerlo. E inculcó ese interés y amor por Segovia a sus hijos. Igual que antes se los había inculcado a ella su padre.
Aunque no cursó estudios universitarios, si «tenía aprobada la segunda reválida», como ella decía, es decir, que era Bachiller Superior. Y era realmente buena en las asignaturas de ciencias, como las Matemáticas, y artísticas, como el Dibujo y el Bordado. Cuando le decían que no había trabajado, porque era ama de casa, respondía que sí trabajaba, y lo seguía haciendo, pero sin sueldo, sin pensión, sin horarios, sin bajas y sin jubilación. Por ello se preocupó de los estudios de todos sus hijos e hijas, para que tuviéramos los medios de vida que nos garantizaran estima e independencia. Como otras muchas mujeres que «no trabajaban», fue el alma y el pilar de la familia, a la que ha transmitió, junto con nuestro padre, sus valores y su ética de trabajo.
Siempre la rodeó un ambiente cultural y académico excepcional, con la figura de su padre de referente, junto con los incontables artistas, escritores, ensayistas e intelectuales con los que él se relacionaba. Incluso su suegro, Juan Morán Samaniego, catedrático de Latín, ya tenía amistad con Mariano Quintanilla años antes de que se conocieran sus respectivos hijos. Esto hizo que Elena desarrollara un instinto especial para apreciar y preservar, junto con su hermana Rosa, el legado de su padre.
Los que la conocieron saben lo simpática y animada que era, tratando a todos por igual, siempre dispuesta a hacer un favor o un esfuerzo personal por quien se lo pidiera, quitándose importancia por ello. Y también lo valiente e íntegra, defendiendo lo que creía justo, y sin ocultar ni disfrazar lo que pensaba. Mujer austera, como buena castellana, hizo siempre lo que tenía que hacer, sin quejarse y sin grandes aspavientos, hasta los últimos días de su vida.
Te echaremos mucho de menos, mamá. Sirvan estas palabras para agradecerte todo lo que tú, junto con papá, has hecho por nosotros y por tantas personas, y como homenaje de cariño y respeto de quienes te quisimos.
Hermanos Morán Quintanilla
