César Olivera revive en San Quirce la tragedia aérea de la Mujer Muerta

El Aula de la Real Academia de San Quirce se llenó por completo este martes, 19 de mayo, en una nueva sesión del ciclo Martes de San Quirce. El historiador César Olivera Serrano conmovió a los asistentes con una detallada conferencia sobre el accidente aéreo ocurrido la tarde del 4 de diciembre de 1958 en el macizo de La Mujer Muerta, en el que perdieron la vida veintiuna personas.

El suceso, aunque lejano en el tiempo, sigue muy presente en la memoria de los pueblos de la sierra. De hecho, aún viven algunos de los vecinos que participaron en la recuperación de los cuerpos. «Era un Languedoc de la compañía Aviaco, de fabricación francesa, de malísima calidad técnica, que cubría la ruta Vigo-Madrid. Por la mañana había realizado el trayecto Madrid-Vigo y regresaba por la tarde.

El vuelo de ida tuvo muchos problemas, empezando por que el piloto titular, enfermo, no pudo viajar y no había manera de conseguir un relevo. Fue el jefe de pilotos de Aviaco, el comandante José Calvo Nogales, quien tomó el mando de la nave», contó Olivera.

Hombre experimentado que había pilotado aviones con la División Azul, en Rusia, y gozaba de gran prestigio entre sus compañeros, Calvo trató de cancelar la vuelta porque el Languedoc tenía muy poca potencia en los motores para su envergadura y peso. De hecho, telefoneó a Madrid para advertir de que el avión no estaba en condiciones de regresar, pero recibió la orden de volar. «El vuelo discurrió sin dificultades hasta que fue aproximándose a la sierra de Guadarrama. Una fuerte corriente polar producía ventisca y nieve. El piloto, cuando vio una gran masa nubosa, decidió virar a la izquierda para cruzar la sierra por el puerto de Pasapán, en la Mujer Muerta. Pudo perder altura porque quizá se estuviera formando hielo en las alas y el fuselaje, pero también es probable que una onda de montaña empujara el avión hacia abajo», explicó el historiador.

Estado en que quedó el avión / FOTO PROYECTADA POR CÉSAR OLIVERA

No tardó en organizarse la expedición de rescate, pero nadie sabía dónde se podía haber estrellado el aparato, aunque hubo vecinos de un lado y otro de la sierra que oyeron la explosión. «No quedó otra que afrontar la búsqueda a pie. La operación duró casi dos días. Luciano Otero, un joven de Ortigosa del Monte, fue el primero que vio los restos del avión. Con el aviso, llegó el rescate», contó Olivera, que llegó a contar con la colaboración de Otero, ya fallecido, durante su investigación.

En la nave viajaban cinco tripulantes y dieciséis pasajeros. Ninguno sobrevivió. Los días que siguieron al rescate de los cuerpos, los periódicos narraron sus historias. «En general, la prensa prestó atención al piloto, que era un as de la aviación. También habló de dos niñas gallegas, las hermanas Josefa y Esther Castillo, que volaban para reencontrarse con sus padres, y por supuesto, de Maribel, la azafata». Maribel Sastre Bernal tenía dieciocho años. Desde niña tuvo la vocación de ser azafata, para disgusto de sus progenitores, «porque, en aquellos años, los accidentes aéreos eran muy frecuentes», señaló Olivera. Su cuerpo yace en el cementerio de Montjuic, en Barcelona, bajo una lápida muy llamativa que inspiró la novela El último vuelo (2016), del escritor y periodista holandés Edwin Winkels.