Dos de los momentos más intensos de la sesión necrológica organizada por la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce en memoria de María Jesús Callejo Delgado estuvieron protagonizados por su hermana, Florinda Callejo Delgado, y su hija, María Rico Callejo, en cuyas intervenciones trazaron un retrato íntimo y profundo de la trayectoria vital y humana de la recordada profesora.
Florinda Callejo Delgado tomó la palabra en nombre de la familia, admitiendo la dificultad de condensar «una vida compartida durante casi setenta años». Su discurso, atravesado por la emoción, evocó una infancia común en el barrio de San Millán, en el seno de una familia trabajadora que apostó por la educación de sus hijas en tiempos aún marcados por las limitaciones de la posguerra. «Ambas recorrimos el camino en paralelo, desde el colegio hasta la universidad y la vida profesional en la enseñanza».

Entre los recuerdos personales, Callejo Delgado destacó proyectos compartidos, como la rehabilitación de la casa familiar o los viajes que jalonaron su relación, así como la intensa vida cotidiana «llena de confidencias, risas y también dificultades». La también profesora subrayó tres rasgos esenciales de la personalidad de su hermana: el rigor en el trabajo, la entrega generosa a los demás y una profunda sencillez, alejada de cualquier afán de protagonismo. «En su casa y en su corazón cabíamos todos», afirmó, al tiempo que apeló a los miembros de la Academia a mantener viva su memoria a través de su ejemplo.

Por su parte, María Rico Callejo ofreció una intervención cargada de sensibilidad, centrada en la huella intelectual y vital de su madre. «El arte era para ella una forma de estar en el mundo. Ella nos enseñó que la belleza no es solo lo evidente, sino lo que permanece cuando miras más tiempo», señaló. El testimonio de María Rico recorrió escenas familiares ligadas a la docencia y la investigación: clases impartidas incluso durante sus embarazos, veranos entre archivos y viajes por Europa en condiciones humildes pero enriquecedoras. «Nos abrió la puerta al mundo a través del arte», afirmó, y destacó el legado intangible recibido: una forma de mirar, de pensar y de vivir. La sesión concluyó entre aplausos y con un sentimiento de gratitud hacia una figura cuya impronta —como coincidieron ambas intervinientes— perdura más allá de su ausencia.
